Pero dormimos y los besos estaban secos como aire de glaciar, el abrazo incómodo como un triangulo puntiagudo.
Mi desconcierto le hacía preguntas al abismo que se abría ahí a mi lado entre la tanta belleza y el tan poco placer.
Me resigné a que solo era un chico para mirar.
Me resigné a que solo era un chico para mirar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario