El sol lo hace ver dorado, es como si hubiera una cierta complicidad entre ellos, me dio que pensar, si el sol fuera nuestro Dios, el sería un Jesús Cristo enviado a la tierra para darme calor, calentarme, quemarme, derretirme, hacerme sudar, deshidratarme, evaporarme.
Era un rubio que parecía haber crecido en un verano eterno, comiendo avena y jugando con un perro tan parecido a él que debería ser un golden retriever.
La cara de quaker recién llegado a la ciudad era desmentida por una remera gastada de los Sex Pistols, un jeans viejo y otra vez, un detalle de niño bien, unos Reeboks tan caros como el alquiler de un mes de mi pieza de apartamento compartido.
Parecía lejano como Orlando Bloom en el afiche de una película, hasta que hicimos contacto a través de un glory hole.
Besaba con el rock’n roll de su camiseta, me acariciaba como le habría hecho a su perro una tarde de domingo mientras miraba una película en Cinecanal.